Autonomía Estratégica frente a la Securitización de la Energía Global
Por: Kelly J. Pottella G.
La historia venezolana ha demostrado ser, en sus horas de mayor presión, una
roca de resistencia frente a las ambiciones del realismo transaccional. En este
enero de 2026, mientras los centros de poder externo pretenden reducir la
existencia del país a un fideicomiso operativo o a una simple variable de
inventario, surge la necesidad de recordar que una nación no es un activo
financiero que se pueda arrendar, sino una voluntad histórica que se impone por
su propio peso.
Se intenta instaurar hoy una geopolítica del
arrendamiento, donde la soberanía se pretende canjear por una supuesta
estabilidad operativa. Tras los recientes eventos políticos de enero, el
discurso foráneo ha mutado: ya no se busca la interlocución institucional, sino
el "management". Bajo esta óptica, se pretende que Venezuela funcione
como un enclave seguro para la extracción de recursos —desde el crudo hasta
minerales estratégicos como el torio y el coltán— indispensables para las
disputas comerciales globales.
Sin embargo, hay una realidad técnica que los mapas
extranjeros no suelen captar: el crecimiento del 9% del PIB y la reactivación
del flujo crediticio no son dádivas de un gestor externo. Son la manifestación
de una estructura nacional que ha sabido mantener al país en pie. Venezuela no
es una infraestructura en quiebra esperando un síndico; es un cuerpo social con
una inercia propia que no acepta la tutela como destino.
El enfoque actual de ciertas potencias pretende que
Venezuela guarde un silencio pragmático sobre la Guayana Esequiba a cambio de
un alivio financiero controlado desde el exterior, pero la integridad
territorial no es una ficha de cambio en un balance contable. El rechazo de
Guyana a las mediaciones externas solo confirma que los intereses de las
corporaciones transnacionales buscan fragmentar la unidad nacional. Para el
sentimiento venezolano, el Esequibo es un patrimonio innegociable que ninguna
administración de recursos puede pretender ceder o ignorar en nombre de la
eficiencia económica.
Nuestra República Bolivariana de Venezuela atraviesa hoy
una reafirmación de nuestra conciencia colectiva frente a la pretensión de
convertir el territorio en un protectorado energético, surge una respuesta de
resiliencia soberana. No somos el patio de servicio de ninguna potencia; somos
el eje indispensable del equilibrio hemisférico. El control de la información
geológica, la operatividad de los complejos industriales y la custodia del
subsuelo son facultades inherentes a la nación. El derecho sobre el destino de
Venezuela no reside en una oficina extranjera, sino en la memoria de un pueblo
que entiende que su riqueza es el patrimonio sagrado de sus hijos.
Venezuela no es una concesión ni un territorio en
alquiler ante los diseños externos que pretenden imponer una tutela sobre
nuestra realidad, se levanta la fuerza moral que define nuestra identidad.
Superaremos los intentos de condicionamiento transaccional con la lucidez de
quien conoce su propio valor. Al final de la jornada, la casa no le pertenece a
la potencia que pretende auditarla, sino a la nación que la habita, la siente y
la defiende con la dignidad de su propia historia.
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