Por: Kelly Josefina Pottella Guevara
"La evolución republicana de Venezuela constituye, en el ámbito del pensamiento crítico global, un caso paradigmático de la tensión entre el 'Estado-Enclave' y la voluntad colectiva hacia la emancipación nacional."
La evolución republicana de Venezuela constituye, en el ámbito del pensamiento crítico global, un caso paradigmático de la tensión entre el "Estado-Enclave" y la voluntad colectiva hacia la emancipación nacional. Lo que el mundo observa hoy en Venezuela no es una crisis localizada de gobernanza administrativa, sino la fase climática de una "estructura de antidesarrollo" que ha sido meticulosamente perfeccionada durante más de un siglo. Para los intelectuales y teóricos de la economía política, la experiencia venezolana ofrece una advertencia universal: la modernidad financiada por la renta extractiva —desprovista de una genuina soberanía cognitiva y técnica— es meramente una iteración sofisticada de la subordinación neocolonial.
1. El Espejismo Industrial y la Descapitalización Nacional
Desde la consolidación del Estado petrolero, Venezuela fue proyectada como una periferia tributaria. A lo largo del siglo XX, particularmente durante la década de 1970, el país vivió bajo el espejismo de una industrialización que, en términos rigurosos, operó como un mecanismo de descapitalización nacional. La adopción sistémica de complejos industriales bajo la modalidad de "llave en mano", aunada al blindaje de los regímenes extranjeros de propiedad intelectual, no constituyó un vehículo de progreso, sino un instrumento de expropiación del conocimiento. Al adquirir infraestructuras completas sin protocolos efectivos de transferencia de saber, se institucionalizó una "propiedad hueca": la nación poseía la máquina, pero el algoritmo técnico y la capacidad de innovación permanecían anclados en los centros de la hegemonía. Esta arquitectura jurídica aseguró que la riqueza nacional circulara de regreso hacia las metrópolis a través del pago perpetuo de patentes y servicios especializados, reduciendo el genio creativo nacional a una función subsidiaria.
2. La Tragedia Territorial y la Economía de Puerto
Esta distorsión económica se tradujo en una tragedia territorial y existencial. La "economía de puerto" devoró la soberanía alimentaria y desoló el campo, reemplazando la memoria productiva de la tierra por la lógica del consumo de bienes suntuarios importados. La nación quedó así desarmada frente a las fluctuaciones del mercado financiero internacional, una vulnerabilidad que fue instrumentalizada en hitos como el "Viernes Negro" de 1983. Entonces, al igual que ahora, la crisis no se trató como un problema estructural, sino como un mecanismo de disciplinamiento social. Se instaló una narrativa sobre la "ineficiencia intrínseca" del sujeto nacional para justificar los ajustes neoliberales y la transferencia masiva de activos públicos al capital transnacional, transformando la deuda externa en el principal instrumento de chantaje político.
3. La Ruptura Ontológica y la Insurgencia de la Praxis
El punto de inflexión histórica de las últimas décadas representa un intento profundo de ruptura ontológica con esta gramática del enclavamiento. Al intentar territorializar la política a través del autogobierno de base y las comunas, Venezuela procuró desplazar el centro de gravedad de la nación: desde la oficina corporativa hacia el territorio productivo. El actual asedio geopolítico, que incluye el secuestro de instituciones y la asfixia financiera, es la respuesta del orden global ante una nación que ha decidido que su mayor riqueza no reside en el subsuelo, sino en la capacidad soberana de producir su propio conocimiento.
4. Hacia la Independencia Cognitiva
La lección que Venezuela entrega a la humanidad es que la soberanía en el siglo XXI es, ante todo, una cuestión de independencia cognitiva. Si una nación permite que su técnica, su ciencia y su memoria sean secuestradas por los acreedores del "pensamiento único", su libertad será siempre una formalidad jurídica desprovista de contenido real. Ante el intento de liquidar lo político mediante la fuerza y la escasez inducida, emerge la necesidad de una nueva ética del desarrollo: una que comprenda que solo una ruptura definitiva con la arquitectura del despojo permitirá a los pueblos de la periferia dejar de ser deudores de su propio destino.
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